viernes, 30 de diciembre de 2016

La memoria gráfica, el altavoz de las voces silenciadas del mundo arabomusulmán

Portada de Maus
Han pasado 36 años desde la publicación de Maus (1980), la novela gráfica por antonomasia que supuso un punto de inflexión en la trayectoria literaria del cómic. El autor Art Spiegelman (Estocolmo, 1948) dio a conocer en esta obra las atrocidades cometidas durante el Holocausto a través del testimonio de su padre. Esta «memoria gráfica» (término que utiliza el artista y que le viene como anillo al dedo) supuso todo un hito y un precedente en el mundo del cómic (aunque para muchos esté ligado únicamente a superhéroes), pues gracias a su formato consiguió hacer soportable lo insoportable, permitiendo digerir los hechos a través de una dilatada lectura en el tiempo.

Con el nacimiento de la novela gráfica autobiográfica, que conseguía la empatía entre el lector y los protagonistas del relato, surgió un nuevo género artístico-literario, un altavoz para los invisibilizados, que ha tenido especial éxito entre artistas del mundo arabomusulmán. Un género que, además, ha coexistido y competido en el tiempo con otros formatos como la televisión, Internet o los videojuegos, que en este ámbito han tendido a orientalizar, estereotipar y a exotizar al sujeto arabomusulmán. Quizá, huyendo de esos terrenos de arenas movedizas, han encontrado una herramienta que les representa de manera más fidedigna (aunque siempre de manera parcial) permitiéndoles exportar una imagen diferente de ellos mismos.


   

Estos autores nacidos en el mundo arabomusulmán, narran sus memorias e inevitablemente su contexto histórico, político y social, casi siempre con intención crítica. Parece que el tema que más les preocupa es hacer llegar su percepción del legado histórico de su país a un Occidente que urge que rompa estereotipos. De ello se encargan los testimonios que plasman, por ejemplo, los iraníes Marjane Satrapi (Rasht, 1969) y Mana Neyestani (Teherán, 1973) o la libanesa Zeina Abirached (Beirut, 1981). Todos ellos, además de contar con obra autobiográfica, también contribuyen a la literatura de su país con otro tipo de obras. Satrapi (aquí durante una entrevista en inglés), en Persépolis (2000-2003), narra su vida en un momento clave para Irán: la transición del régimen del sah a la implantación de la República Islámica de Irán en 1979, además de contar las crisis identitarias que sufre derivadas de este complicado proceso. También ha escrito otro tipo de obras como Bordados (2003) o Pollo con ciruelas (2004). 


Viñeta de Persépolis
Neyestani, en cambio, quiso dar a conocer otra cara de la República Islámica en Una metamorfosis iraní (2012): la de estar preso en la cárcel de Evin. Finalmente consiguió el exilio a Francia tras un laberinto burocrático que explica en otra de sus obras titulada Petit manuel du parfait réfugié politique (2015). En su línea de dibujante de viñetas, es fácil seguirle en su Fan Page en Facebook o en el periódico online IranWire. En cuanto a Abirached nos traslada al Beirut de la década de 1980, en el contexto de la guerra civil libanesa, tomando a su familia como protagonista y a una noche cualquiera llena de miedo e incertidumbre como escenario. También tiene otras obras como El piano oriental (2016).
Viñeta de Una metamorfosis iraní
Como se puede apreciar, son voces heterogéneas, de muchos lugares, que actualizan  el conocimiento sobre la cultura árabe, de su pasado más reciente, no sólo para autóctonos (si superan la censura) sino para el resto del mundo globalizado que consume estas novelas en la actualidad. La cuestión es que el mundo arabomusulmán ha encontrado una nueva forma mediante la cual llegar al corazón de Occidente y no sólo a su retina. Con estas novelas, no sólo han conseguido tener calado crítico sino que además han contribuido de una forma magistral y novedosa a la cultura literaria de su país y a la universal a través de la novela gráfica.


Viñeta de Persépolis





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